“¿No es injusto el país que a los nobles, que así llaman a los banqueros y demás gente parásita, o aduladora, les concede placeres frívolos y sin necesidad, mientras contempla sin pestañear a los labradores, carboneros, peones, carreteros y artesanos, sin los cuales no habría ninguna república? Después de beneficiarse de su trabajo mientras se hallan en la flor de la vitalidad, cuando llega la vejez o una enfermedad les condena a una mísera invalidez, el Estado, olvidando los sudores sacrificados en su provecho, les recompensa con ingratitud, abandonándolos a la más desconsoladora de las muertes. ¿Qué añadiré de los ricos que recortan cada día un poco más el salario de los pobres, no sólo fraudulentamente, sino amparados por las leyes? […]
De esta forma, cuando contemplo estas naciones que actualmente florecen por doquier, no veo en ellas, y Dios me salve, otra cosa que las malas artes de los ricos, que realizan sus negocios bajo pretexto y en nombre de la comunidad. Imaginan e inventan todas las trampas posibles, tanto para almacenar –sin temor a perderla– la mayor riqueza adquirida ilícitamente, como para obtener al menor precio posible las obras a costa de los sudores de los pobres, haciéndolos trabajar como bestias. Y estas perversas intenciones las dictan los ricos como ley en nombre de la sociedad, y de los mismos pobres por lo tanto.
[…]
Tan fácil como sería alimentar a todos si no fuera por el bendito dinero, creado para abrirnos el camino de la abundancia, pero que en realidad nos lo cierra.”


Y así termino mi lectura de Utopía, escrita allá por 1516. ¿Es que no hemos avanzado nada desde entonces?