Una excursión estas Navidades al lado de un río me lleva a un cañaveral, y por el camino me fijo en montones de tierra a intervalos, como removida y con unos granos de maíz en el centro. Le doy con un palo y ¡zap! salta la trampa, violenta, fuerte, inesperada. Creo que son trampas para patos y durante el resto de la excursión me dedico a hacer saltar todas las trampas que encuentro.
Pienso que esta es la manera cobarde de matar a un animal, la manera de Ulises. Mediante trampas y engaños. La manera valiente, si la hubiera, sería con arco y flechas. Imagino que esta sería la manera de Aquiles y Héctor. Pero al final estos murieron y fue aquel quien sobrevivió. El listo de las trampas.
En la isla de Utopía, “los utópicos tienen el ejercicio de la caza como una actividad impropia de hombres libres. […] pues el matarife sacrifica a los animales sólo por necesidad, mientras el cazador se satisface con la muerte violenta de un indefenso animalito. Creen que complacerse con el espectáculo de la muerte es propio de bestias, y si se vicia en semejante placer, la tendencia a la crueldad se apoderará del cazador.” Eso: en Utopía.